No es fluoxetina.

Cincuenta gotas cuatro veces al día, y otro medicamento cada ocho horas. Al menos seis meses de tratamiento.

A causa de que has vivido tanto estrés emocional tu corteza  cerebral  ha perdido la capacidad de asimilar la serotonina y otros químicos en el  cerebro y eso te impide entender emocionalmente las cosas aunque a nivel racional las aceptes y las entiendas.  Estás enferma, y como cualquier otra enfermedad, necesitas medicamento…

Y una mariposa se posó en el corazón de Frida…

Tres semanas después: Al principio dormía mejor,  ahora tengo pesadillas donde me persiguen mosntruos, LITERALMENTE monstruos.

Todos los días me levantaba pensando en mis lentes, ¿dónde están mis lentes? ¿dónde dejé los lentes?
Cualquier actividad requería el uso de ellos. Incluso varias veces llegué a meterme a la regadera con los lentes puestos. Accidentes que le suceden al miope…
Ahora los extraño. Esa persona que me ve en el espejo se ve extraña, no la reconozco del todo, menos aún cuando a tres metros no la reconocía antes.
Mire al foquito rojo. Mirando al foquito rojo. No se mueva. Le estamos haciendo un corte en la córnea. Si se mueve se le rebana de más y tendrá que esperar tres meses. Mirando al foquito rojo. Cuando deje de ver nos avisa. ¿Ya no ve? Mire el foquito rojo. Mire el foquito rojo. Ya terminamos.
Mi mamá se rió de mí porque en el vestidor, con los ojos tapados, le pedí mi reloj.
Un día de ceguera impuesta -Ángel fue mi guardia-.
Al día siguiente, todo, como en las televisiones más modernas: Alta Definición.
Me cuesta acostumbrarme. Todavía busco mis lentes en la mañana, después de la siesta, hago ademán de acomodármelos con el índice… Los extraño.

Yo no quemo mi sostén por una causa feminista porque mi sostén es demasiado caro.
Yo no quemo mi sostén porque el machismo debe ser combatido desde otros lugares y con otras acciones.
La quema de sostenes es un símbolo, pero el mío será más significativo, aunque menos espectacular.
¿Cuál será?
¿Cómo será?
No lo sé,
en mi cabeza hago quema pública de libros machistas, de autores machistas, de mujeres machistas, de personajes femeninos de novelas machistas, de la clásica mujer-niña, retrasada intelectual, estúpida, fogosa, pero estúpida, y bonita; de la mujer bella, ignorante, frívola y promiscua; de la mujer que el hombre concibe siempre desde la mujer, de la mujer que es el ideal masculino del hombre cuyo éxtasis es metérsela a una muchachita virgen que sea fogosa pero sólo con él.
Yo no quemo mi sostén porque soy pechugona (¡y qué!)
necesito mi sostén para que la gravedad actúe con lentitud en mis pechos,
pero si he de quemar un “algo” que me constriñe como mujer, es esa mujer, esas mujeres que los hombres (y mujeres también) han creado en la literatura, en las artes, en los conceptos, en la filosofía, esa mujer que no tiene ninguna relación con lo que realmente es una mujer, la mujer real, la que menstrúa además de cagar, la que padece dolores en el parto, la que se preocupa por frivolidades, esa mujer que es tan compleja y que no es ni buena ni mala, ni niña-mujer ni mujer, esa mujer que no es tonta. Esa otra mujer que pocas veces ha sido descrita.

De adolescente siempre estuve en los lugares incorrectos, con las personas incorrectas, pero nunca me pasó nada malo. Estuve borracha una vez en una casa con un montón de alcohólicos  seis años mayores que yo; visité a unos tipos que tocaban ska en una colonia marginada, jodida y peligrosa; me involucré con un tipo que me pervirtió, pero que nunca quiso acostarse conmigo, cuyos hoyos fonki y parafilias me desorientaron.

Y sin embargo estoy aquí, entera, no tan demente, casi 10 años después.

Tiemblo.
Sonríes,
entrecierras los ojos,
abres los brazos
y corres,
corres,
corres
hacia mí.

En estas palabras se encierra
todo lo que quise,
todo lo que eres,
todo lo que soy,
todo lo que quiero:
Quiero correr hacia ti cuando te vea.

Cuando te vea por las noches,
cuando te vea en la calle,
cuando te vea afuera del cine,
de los lugares más sórdidos,
esperándome en la mesa del café.

Quiero correr a ti cuando te vea
lleno de felicidad o de miseria,
pero siempre,
casi demente
correr
hacia ti.

Nueva York:

“La ciudad que nunca duerme” en realidad se acuesta

a las 8 de la noche.

En la Quinta Avenida me entristecí porque no vi lo que Ginsberg vió,
yo vi los yellow cabs y los rascacielos,
vi a los vagabundos, a los homeless.

Todos los indigentes sabían escribir.
Todos los indigentes pedían lo mismo.

Alcé la mirada para ver la cima del Empire State y no sentí nada.
Sólo frente a los cuadros de Bacon en el Met me estremecí
al fijar la vista en esas bocas entreabiertas.

Renoir volvió a cautivarme:
Miré La señorita y el perico sin saber de quién era,
me quedé viéndo el cuadro largo rato.
Supuse que era de Renoir,
algo en los ojos, en el rostro de la mujer me lo decía.
La ficha informativa me confirmó la sospecha.

Las estaciones del metro ardían, ruidosas
y sucias de un cochambre inenarrable:
los vagones, metálicos, impecables y helados.

Los artistas del metro me sorprendieron,
un joven trompetista tocando jazz,
un grupo de jóvenes y niños cantando a coro magníficamente,
un anciano asiático tocando un instrumento de cuerdas,
en la 51, en la 49, por todas partes.

Un paraguas en medio de las vías del metro:
seguramente se suicidó
a falta de lluvias.

El calor pegajoso me perseguió,
igual que los impuestos.

Nadie comenta nada…¿será que ahora escribo peor que ayer?

Cuando era niña
mi madre me compró una cámara roja,
de esas que todavía usaban rollo fotográfico.
Cuando estuve tan lejos de mi hogar,
en un país distante
cuya lejanía no imaginaba
(de la cual ahora estoy consciente),
no tomé fotos de los edificios con techos de cobre,
o de los lagos,
las montañas rocosas,
los pinos,
de los canales,
NO.
Capturé para la posteridad
ardillas,
alces,
venados,
patos,
flores,
gigantescos jardines,
extensos campos de cebada,
incluso mis juguetes.
Nadie comprende esas fotografías,
porque nadie entiende que eso
tan trivial,
era para mí
lo más asombroso del mundo
cuando tenía once años.

Mi gato se muere,
mi gato, en mi cama,
se muere.
Acorrucado, inmóvil,
el gato respira discontinuamente,
le paso una mano por el costado
y bajo la piel y el pelo
las vértebras, las costillas
puntiagudas, son protuberancias
en un camino que solía ser liso y lleno de suave grasa
que amortiguaba la caricia.
El gato se acuesta entre el vómito
y su propia mierda,
el gato,
viejo ya,
se muere, y yo lo miro,
impotente
porque hasta mañana
abrirá la veterinaria,
donde le diré por última vez
su nombre.

Las mujeres que usan pantalones demasiado apretados y pequeños a las que se les ve el inicio de las nalgas, esa impúdica raya que quién sabe si estará bien limpiada.
Los hombres que se dejan desabrochados los botones de la camisa hasta el ombligo, y que por supuesto, no llevan camisa interior.
La cadenita de oro de esos hombres que se enreda en los vellos del pecho.
Las mujeres con zapatos de tacón de aguja que caminan sin doblar las rodillas.
Las faldas de cuero con medias.
La gente que canta en la oficina.
Los puestos de comida que despiden un nauseabundo olor a aceite corriente y rancio.
La música de los Héroes del Silencio y Enrique Bunbury.
El graciosito de la oficina que hace chistes imbéciles.
Que los empleados utilicen a los prestantes de servicio social para hacer cosas que ellos podrían hacer pero que les da hueva porque quieren seguir cotorreando a gusto con sus otros compañeros de oficina.
Las voces aniñadas de las mujeres que se llaman entre sí en las oficinas.

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