Ella encuentra unos ojos que ven sus ojos
los ojos del primer hombre que vio a la primera mujer,
con una mirada de la primera mujer a su primer hombre.
Habrá más hombres, pero no como él.
El impetuoso amarillo en los ojos de él la marean,
con frágil fluidez él la domina,
la ama,
la acaricia,
la besa,
la desnuda,
la mira.
Él se fortalece en ella.
Ella se satisface en él.
Él que no es dios,
pero es a quien ella adora
(ella que no tiene fe),
ella lo adora,
lo alaba
cuando suspira,
mientras gime
en acuáticas tinieblas.
Ella se aleja a velocidades peligrosas
sólo para regresar gozosa
a las pocas horas.
Ella lo ve, ella lo besa, ella lo ama.
Ella que ves, soy yo.
Tú que ríes, eres él.