Un dimanche à la piscine à Kigali

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Ayer empecé por pura ociosidad Un domingo en la piscina en Kigali (Un dimanche à la piscine à Kigali) del periodista quebequense Gil Courtemanche. Desde antes de empezar ya tenía una idea de qué me esperaba: Judith me dijo: “Ahí puedes ver cómo una mujer se prostituye por una coca-cola.” Lo cual no me parece tan increíble ahora que estoy más involucrada e informada sobre los temas del sida, el vih y las deplorables condiciones en las que se encuentran miles de mujeres en todo el mundo (especialmente las que viven en campamentos de refugiados).
Lo que me enganchó a la lectura fue el narrador, siempre juzgando y emitiendo opiniones sobre sus personajes, las condiciones, y a la vez, como buen narrador aparentemente omnisciente, sabe cosas que los demás no saben; emite además una especie de máximas sobre la condición humana y sobre la situación política e ideológica de los habitantes de Ruanda.
No puedo decir que la lectura ha sido muy cruda: La vileza del ser humano me provoca náuseas y malestar espiritual. No comprendo cómo alguien pueda ser tan insensible y divertirse con el sufrimiento y muerte del otro, ni cómo pueden existir personas tan absolutamente egoístas que se justifiquen de manera tan estúpida e infantil.
Creo que si pudiera decir qué es lo que más me ha impactado hasta la página 70, que es donde he pausado mi lectura, debo decir que no ha sido las descripciones de violencia física, las actividades e impulsos sexuales del personaje de Valcourt, sino el discurso del moribundo Méthode que aquí reproduzco:

“Quisiera añadir algo más sobre la enfermedad. Nos negamos a hablar de ella y el silencio mata. Sabemos que el condón protege, pero nosotros, los grandes hombres negros potentes, vamos por la vida como si fuésemos inmortales. Élise, mi amiga, llama a ese comportamiento el pensamiento mágico. Nosotros nos decimos que la enfermedad es cosa de los demás, y nosotros follamos y follamos como ciegos. Pero yo os digo, y por eso quiero hablaros antes de morir, que como yo van a morir millones. De sida, por supuesto, de enfermedad también, pero sobre todo de una enfermedad pero, contra la cual no hay condón ni vacuna. Esa enfermedad es el odio. En este país hay gente que esta sembrando odio como los hombres inconscientes siembran con su esperma la muerte en el vientre de las mujeres que luego lo dispersan en otros hombres y en los hijos que conciben (…) Me muero de sida, pero muero por accidente. No lo he elegido, esto es un error. Creía que era una enfermedad de blancos o de homosexuales o de monos o de drogadictos.”

Gil Courtemanche (2003), Un domingo en la piscina en Kigali, Barcelona, Emecé, p.56.

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