NYC

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Nueva York:

“La ciudad que nunca duerme” en realidad se acuesta

a las 8 de la noche.

En la Quinta Avenida me entristecí porque no vi lo que Ginsberg vió,
yo vi los yellow cabs y los rascacielos,
vi a los vagabundos, a los homeless.

Todos los indigentes sabían escribir.
Todos los indigentes pedían lo mismo.

Alcé la mirada para ver la cima del Empire State y no sentí nada.
Sólo frente a los cuadros de Bacon en el Met me estremecí
al fijar la vista en esas bocas entreabiertas.

Renoir volvió a cautivarme:
Miré La señorita y el perico sin saber de quién era,
me quedé viéndo el cuadro largo rato.
Supuse que era de Renoir,
algo en los ojos, en el rostro de la mujer me lo decía.
La ficha informativa me confirmó la sospecha.

Las estaciones del metro ardían, ruidosas
y sucias de un cochambre inenarrable:
los vagones, metálicos, impecables y helados.

Los artistas del metro me sorprendieron,
un joven trompetista tocando jazz,
un grupo de jóvenes y niños cantando a coro magníficamente,
un anciano asiático tocando un instrumento de cuerdas,
en la 51, en la 49, por todas partes.

Un paraguas en medio de las vías del metro:
seguramente se suicidó
a falta de lluvias.

El calor pegajoso me perseguió,
igual que los impuestos.

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