Programas mañaneros

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Los programas mañaneros son todos iguales, todos tienen a las tres o dos tipas vestidas como si fueran a una fiesta de coctel, el tipo joven, amanerado y medio gay, la sección asquerosa de cocina donde promocionan un montón de productos de dudosa calidad (publicidad, señoras y señores), la cápsula de las tipas que bailan en los conjuntos del más inimaginable mal gusto, y la de las nocticias absurdas que en nada enriquecerán la mente de esas pobres mujeres amas de casa que ven el programa con empeño. La escenografía es de un gusto terrible y por supuesto, al final todos se despiden juntos fingiendo una felicidad que da náuseas, bailan en fila de conga y todo está bien, todo está chido, la inseguridad del país y todos esos problemas sociales no importan. Mira cómo todos se despiden, gracias a diosvuestroseñor que ya se van y al menos siguen las noticias de la una. Y me olvidaba de que una vez a la semana, por supuesto, las clases de baile (para que bailes bien setsy [sic]) para que por falta de calentamiento y condición física alguna señora se fracture, luxe o lastime alguno de sus flaácidos miembros. Genial. Véanos de lunes a viernes de 9 a 12 de la mañana, sólo por canal Nopienso.
¿Por qué a la gente le costará pensar, aunque sea un poquito?

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2 comentarios sobre “Programas mañaneros

    birdieme escribió:
    mayo 24, 2010 en 5:53 pm

    Ya lo dijo Slim: si mierda quieren, mierda les doy.

    Es un problema complejo…

    iteraciones respondido:
    junio 7, 2010 en 4:41 pm

    Cierto.
    Como dicen por ahí “No les des perlas a los cerdos”.
    Leyendo una breve entrevista que le hicieron a Roman Gubern, tiene razón, las condiciones económicas de los individuos limita su capacidad de desarrollo a nivel cultural, porque lo único que tiene disponible es de pésima o mediocre calidad. Sin embargo, tampoco es como que tener acceso a información óptima, puesto que si enciendes la televisión, seguro que zapearás unos minutos y descubriras que a pesar de tener 600 canales, no hay nada que valga la pena. Ayer me vi tentada a sentarme a ver la tele, pero un relato de Jeffrey Eugenides me salvó de unas horas de estupidización voluntaria.

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