Calles amarillas

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Desde lejos deviene en Jerusalem. A lo lejos se ven las planicies, un pequeño cuerpo de agua, algunos montes detrás del pueblo amarillo. Calles estrechas, muy estrechas.

En el próspero norte las ciudades metálicas y acristaladas

despiden una frialdad en su altura.

gélidas aves renacidas,

fénix metálicos

antes tremantes y llenos de polución.

La identidad del pueblo amarillo

reside en nopaleras, trigales, planicies,

calles y rincones adornados con fuentes sencillas,

Iglesias, galerías de extranjeros, un puente, un acueducto,

en muros de adobe y zaguanes esplendorosos.

Una tarde de primavera llena de sol, de azul.

Una reliquia restaurada del siglo XVII.

Mojigangas de novio y novia desfilan por las calles en procesión,

la gente aplaude, ríe, felicita a los esposos por las aceras grises,

el ridículo y el alcohol

repartido en pequeños jarros para los convidados.

El viento hombrón se mete en mi vestido,

Gracias, Lorca por una metáfora tan sensual.

El recuerdo comparado de una ciudad destruida por el fuego,

una después de tremar en las Siete Colinas,

otra después de una absurda polución que trajo el fuego a la del Viento.

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