Andadera

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Caminar, siempre caminar. Las piernas hinchadas de descuido, de vejez, de falta de atención. Ella camina entre las telas con su rostro ajadado, toca con sus dedos de papiro el fino borde de la seda, el tosco poliester vulgarmente estampado. Los diseños pasan por su cabecita llena de canas, marejada de desgracias y pobreza. En su vestido lleva la humildad de una mujer, amalgama de sufrimiento y bondades, desgracias absurdas e improbables, reales. Observa los diseños con la más tierna ingenuidad, se dirige a una y otra tienda en busca de lo que ella conocí hace años, en la distancia me dice “Aquí había una tienda muy fina” y me sonríe mientras desliza sus pies con lentitud. En su andadera parece una niña envejecida, encorvada y decrépita, lúcida. Elige una tela de algodón marrón con flores anaranjadas. Hace un cálculo rápido con la cinta métrica que carga en un bolsillo. Paga. Después de la travesía se sienta en una silla desvencijada, un gato gris se acerca por el patio, a sus ochenta y cinco años la anciana enciende su máquina de coser y reza por que esta tarde haga sol para terminar una bastila.

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