Isocronías

Los cangrejos gigantes de la Inconsciencia

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Pocas veces he soñado que vuelo
o que salvo el mundo de una catástrofe,
más bien, con frecuencia me veo fumando,
besando hombres casados,
nadando en lugares prohibidos,
a veces tengo pesadillas donde soy una maestra
y se me cae el plumón de las manos enfrente de la clase,
aunque nadie se ríe sé que he perdido algo importante,
orgullo, poder, control.
Me despierto absorta, confundida y me toma días en recuperar la consciencia,
a veces semanas,
a veces los besos sin restricciones de esos hombres casados me causan involuntarios gemidos de los que luego me avergüenzo.
Malo inconsciente.
MALO.
Has sido muy malo.
Hace tiempo mi sueño recurrente era
el acoso, la persecusión, la angustia,
ahora sueño que fumo aunque desconozco la sensación de tomar un cigarro entre los dedos, fumarlo y exhalar el humo,
ahora sueño que beso a un hombre anónimo (aunque a veces tiene nombre y yo, convenientemente, lo olvido),
ahora me sueño nadando en lugares donde habitan mis enemigos.

Texto motivacional para leer “La broma infinita” de Foster Wallace

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La broma infinita es una novela que no deberías leer si estás acostumbrado a libros con tramas lineales, personajes planos y finales felices. La misma edición de 15 palabras por renglón te dice “cuidado, no soy un libro para principiantes”. David Foster Wallace es un autor que obliga a sus lectores a formar parte del texto, exige que piensen, que se muevan, que no consuman las páginas de manera indiferente.
Abundan los lectores que abandonan el libro desde la primera página. Ciertamente habrá personas que intentaron una, dos veces leer la novela sin pasar de la página 20. Pero también hay lectores perseverantes o tercos que terminarán la novela con todo y notas.
En diferentes ocasiones no pude evitar darle un vistazo a la sinopsis que aparece en Wikipedia, lo cual no me sacó de mi ignorancia ni aclaró las dudas que tenía hacia la página 150. Opté por continuar la lectura, esperé pacientemente, leyendo una hora hasta que alrededor de la página 300 algunas cosas adquirieron sentido, cien páginas más adelante las piezas del tablero tomaron su lugar. La lectura se hizo más fácil y entrañable. Las etiquetas que coloqué por todo el libro me ayudaron a buscar pasajes que no recordaba o para confirmar algunos datos.
Supongo que para un lector poco experimentado 300 páginas de naufragio narrativo pueden ser demasiado, entiendo a los desertores porque no es un texto clasificación “A” o de la llamada “literatura juvenil” o peor aún, de la “Ficción para adultos jóvenes”, clasificaciones que por supuesto, me parecen risibles. Me parece absurdo clasificar la literatura con lineamientos de mercado (consumidores).
Ha algunos factores físicos que dificultan la lectura, el tamaño del libro, quizás sea el más evidente, sus 1000 páginas de texto más 100 de notas llegan a intimidar; su volumen y peso dificultan su traslado y reducen la posibilidad de “lecturas espontáneas” en lugares como el banco o el transporte público. Se sabe, no obstante, que algunos lectores de La broma infinita mutilan sus libros a la mitad y arrancan las notas, sin embargo, me temo que mi respeto y amor por una edición de pasta dura es mayor a mi necesidad de un libro más “manualito”.
De cualquier manera, si no has llegado al 8 de Noviembre del Año de la Ropa Interior para Adultos Depend (ARIAD) también mencionado como el Día de la Interdependencia, lo más probable es que aún no comprendas qué carajo es la Gran Concavidad así como otros aspectos políticas de la ONAN, y tampoco sabrás demasiado sobre el personaje de Él Mismo o James O. Incandenza. Quizás dudes si Steeply es una mujer enorme y hombruna o si es un travesti, o por qué es tan importante para Marathe su mujer sin cráneo, qué encantos especiales de esa mujer en estado vegetal lo mantienen en una empresa tan peligrosa. Tampoco entenderás el comportamiento womanizer de Orin o el extraño atractivo de Mami. Te preguntarás seguramente qué diablos le pasa a Mario Incandenza que más bien –hasta entonces- seguramente te parecerá un engendro cabezón y deforme cuya capacidad de raciocinio y de comunicación no son correspondientes (hipersensibilidad vs. falta de elocuencia y desarticulación del discurso). Con toda seguridad pensarás que Mario es un retrasado subnormal. Seguramente descubrirás respuestas a lo que te intriga a partir de la página 300.
Sucede un poco como ese relato popular donde unos ciegos encuentran un elefante y cada uno lo describe según lo que alcanza a percibir con el tacto sin darse cuenta que tiene una imagen parcial. Digamos que a esas alturas del libro el autor indica donde están las conexiones entre una cosa y otra y se alcanza a visualizar al Elefante, en algunas partes más borrosas, en otras con mayor detalle. Hasta entonces, sólo es cuestión de mantenerse alerta y avanzar (y retroceder, según sea el caso).

Algunas recomendaciones para futuros lectores de la novela:
Anota el día en que iniciaste la lectura de La broma infinita. Utiliza dos separadores, uno para el texto principal, otro para las notas, como auxiliar puedes hacer uso de etiquetas de papel para indicar con exactitud la línea en la que te quedaste (abundan los “capítulos” con párrafos pantagruélicos sin separaciones y dolorosamente extensos) y para señalar aspectos que te parezcan relevantes. Nunca te saltes las notas. No te dejes llevar por las sinopsis que pueden aparecer en la solapa o tercera de forros del libro ni en la información de Wikipedia, sólo te confundirán y crearán prejuicios en tu lectura. Al final te dará la impresión de que hay un montón de cabos sueltos, pero el autor ya te ha dado todas las herramientas y guiños para resolver el misterio, por eso es importante que marques las secuencias o los datos importantes, por ejemplo, el listado de los años subsidiados.

Déjame entrar

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Esta es una reseña de libro Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist. La escribimos  José Ángel Castellanos y yo en Noviembre de 2009 como parte de mis asignaciones en la Gaceta.

Nunca fue publicada. Desconozco la razón.

Hoy está aquí para que lo lea quien le dé la gana.

 

Gracias por escribir esto conmigo Ángel,  sin ti este texto habría carecido de coherencia. Eres mi axioma.

 

 

 

En agosto del 2008 una película nórdica cautivó a los espectadores de la Cineteca Nacional, la sala donde se proyectaba Déjame entrar (Låt den rätte komma in) se llenaba en cada función; podría decirse que se trataba de otra película más sobre vampiros que invadieron las pantallas nacionales e internaciones tal como la primera entrega de la serie concebida por Stephenie Meyer: Crepúsculo (Twilight). No fue hasta hace unos meses que el público tapatío pudo contrastar la visión de los vampiros del director Tomas Alfredson con el prototipo de los colmilludos seductores, afeminados y pálidos de Hollywood que prometen volver a atacar en próximas fechas la taquilla. Curiosamente, no fue hasta el éxito en taquilla de Déjame entrar que la obra literaria en la cual está basada la película apareció en los estantes de las grandes librerías, para el gozo del público internacional, puesto que hasta hace unos meses, sólo era posible conseguir la novela en sueco, o en una versión digital en inglés. Ante el éxito de la película no se podía perder la oportunidad de lucrar con el trabajo del autor sueco John Ajvide Lindqvist, también guionista de la versión cinematográfica, y la novela fue traducida a diez idiomas, incluyendo el español.

Jonh Ajvide Lindqvist nació en Blackbergd, Suecia, en 1968. Fue mago y comediante antes de ser escritor de novelas de horror. Ha publicado tres novelas y un libro de cuentos, aunque sólo Déjame entrar (Espasa, 2009) ha sido traducida al español. Actualmente está escribiendo su siguiente novela y un guión cinematográfico sobre zombis que está basado en su segunda novela, Ayudando a los no-muertos (Hanteringen av odöda).

Déjame entrar fue publicada por primera vez en Suecia en el 2004, transformándose de inmediato en un best-seller en su tierra natal. En la novela la voz narradora cede su voz a los diversos personajes que habitan en un complejo habitacional en los suburbios de Estocolmo, denunciando la decadencia de la sociedad sueca de 1981: Adultos alcohólicos, pederastia,  adolescentes encantados de robar e inhalar pegamento, niños acosadores que abusan de sus compañeros.

La novela presenta una trama inteligente, sin vueltas de tuerca forzadas, sin insultar el coeficiente intelectual del lector presentándole una serie de acciones acartonadas. Además, cada uno de los personajes es complejo y evoluciona de manera coherente a lo largo de la narración. El autor se fía de un humor negro muy peculiar que permite reír, pero también reflexionar sobre la triste verdad que subsiste en el fondo y el peculiar monstruo que ronda por los edificios en los que se sitúa la acción.

A diferencia de la película, que se centra en el personaje de Oskar -niño de doce años que es acosado por sus compañeros de clases a tal grado de llegar a las agresiones físicas-, en la novela la voz narradora cede su voz a los diferentes personajes que componen el microcosmos que representa el conjunto de viviendas en Estocolmo, cada uno manifiesta sus malestares, inquietudes, anhelos, sus miedos; todos, de alguna manera tratan de eludir su realidad al imaginar criaturas fantásticas, embruteciéndose con alcohol o inhalando pegamento y cometiendo travesuras que van desde robar una tienda a provocar un incendio en una iglesia. La novela profundiza -para la curiosidad insatisfecha de quienes ya vieron la película-, sobre Eli, la extraña niña que es vecina de Oskar: sus orígenes, motivos y razonamientos son develados a lo largo del texto, así como su relación con Hakan, el hombre con el que ella vive.

John Ajvide Lindqvist se aleja de las explicaciones fantásticas de espíritus demoniacos, maldiciones o castigos divinos que algunos otros autores han presentado para exponer el comportamiento y la esencia de los vampiros: para él, el vampirismo es una enfermedad. Aunque el mal del vampiro no es definido y analizado de manera científica como lo hace el personaje Robert Neville en la novela Soy leyenda (1954) de Richard Matheson, el autor guarda cierta relación con el autor norteamericano al presentar una nueva explicación que satisfactoriamente permite entender -dentro de la ficción- la transformación de un ser humano a vampiro, así como las consecuentes modificaciones físicas y psicológicas del infectado.

Para aquellos que disfruten el género de horror, en especial el de vampiros, esta novela constituirá un nuevo punto de partida, puesto que, la odien, la amen o les sea indiferente, representa una relectura y aporte sustancial al mito del vampiro.

En el 2010 está programado el estreno de una nueva adaptación cinematográfica de la novela, esta vez en versión estadounidense con el título Let me in, dirigida por Matt Reeves. Se pretende que esta versión sea accesible para una audiencia mayor –lo cual seguramente implicará la supresión de muchos detalles inadecuados para las buenas consciencias-, además de presentarla en el contexto de Estados Unidos, ello incluirá modificar los nombres de los personajes y situar la acción en Nuevo México.

 

Criminales wannabe

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Uno: Si cometiera un crimen, ¿serías mi cómplice?
Dos: Claro, lo sería.
Uno: No es que vaya a cometer uno….todavía.

¿a quién equivale Marx en música?

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Papá: ¿a quién equivaldría Marx en música?

Hija:  No sé papá, no sé tanto de música ni de marxismo.

Sobre las féminas ficticias

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¡Venga otra vez ese feminismo encolerizado! Leo un escritor latinoamericano, su personaje femenino (el único) es una muchachita ignorante, inculta, pero eso sí, es una despampanante rubia. ¿En la literatura de América Latina sólo hay personajes femeninos así? Es decir, el personaje masculino busca la conquista amorosa de la fémina, él es docto, cultísimo, hace referencias a todo tipo de libros, textos cinematográficos, a la cultura popular, no pasan cinco renglones cuando aparece una cita indirecta, un guiño, sí, mira cuanto he leído, cómo juego con el lenguaje, soy un chingón. Ok. Pero, ¿qué pasa con el personaje femenimo? Por contraste, ella es guapísima, particularmente atractiva físicamente, pero su intelecto deja mucho que desear: Por lo general no es tonta, no, pero sí ignorante, inocente, carente de cualquier aspiración intelectual, artística o cultural. Bella pero bestia. Me encanta ese “pero”. Hermoso. Su inocencia podría confundirse con esa estupidez que abunda tanto en la humanidad, pero no, casi siempre es mero analfabetismo funcional.
Cuando veo ese modelo de “la mujer ignorante y el hombre culto que se ha enamorado de ella” me da la impresión de que el recurso de contraste se emplea con el único fin de engrandecer la figura masculina (como bien lo decía Virginia Woolf), para que el personaje chingón sea todavía más chingón porque está al lado de una vaca echada.
Me pregunto por qué no existe el modelo inverso donde una “mujer culta se enamora de joven ignorante”, o mejor aún, un modelo equitativo donde ambos personajes poseen el mismo desarrollo intelectual y cultural. Que yo recuerde, he leído pocos textos narrativos latinoamericanos donde se establezce tal cosa, algunas excepciones que confirman la regla.
A simple vista pareciera que esa “mujer bella pero inculta-inocente” está en Rayuela de Cortázar y en La princesa del Palacio de Hierro de Sáinz. Pienso entonces en Furia de Rushdie, donde el personaje de Eleanor Masters es intelectualmente igual que Malik Solanka (ambos estudiaron el doctorado en Cambridge), lo mismo sucede con Neela y quizás en menor medida, con Mila Milo. Creo que es más coherente esa interacción emocional entre dos personajes de este tipo que la relación con la mujer “maravillosamente inocente” que no puede terminar sino en la ausencia de ella (ya sea que muera, se vaya o desaparezca), o en una relación patológica. Polanski lo describe perfectamente en Luna amarga, donde la relación entre Oscar y Mimi se deteriora cuando agotan lo único que tienen en común, la actividad sexual. Digo, ¿qué más se puede hacer con una persona que tiene intereses tan diferentes o que carece de ellos?
Sería oportuno considerar que es natural que en un espacio urbano un personaje puede relacionarse o no con uno (a) “de su especie” aunque lo que abunda en la población es “la otra especie”.
Como sea, esa mujer ignorante me repugna, más porque no existe su equivalente, seguramente debido a una moral retrógrada y absurda que prohibe que una mujer adulta corrompa a un jovencito física e intelectualmente. Me causa escozor en la sesera precisamente por las implicaciones ideológicas de que La Mujer aparezca en el texto como una ignorante.

Ardillas

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Cuando era niña
mi madre me compró una cámara roja,
de esas que todavía usaban rollo fotográfico.
Cuando estuve tan lejos de mi hogar,
en un país distante
cuya lejanía no imaginaba
(de la cual ahora estoy consciente),
no tomé fotos de los edificios con techos de cobre,
o de los lagos,
las montañas rocosas,
los pinos,
de los canales,
NO.
Capturé para la posteridad
ardillas,
alces,
venados,
patos,
flores,
gigantescos jardines,
extensos campos de cebada,
incluso mis juguetes.
Nadie comprende esas fotografías,
porque nadie entiende que eso
tan trivial,
era para mí
lo más asombroso del mundo
cuando tenía once años.