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The story of the shallow maiden in cheeta heels

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She dances with the imaginary insects,
transforming her thoughts into small paces,
her voluptuous swing follows the cheeta on her heels,
sorrounded by innocent men she smiles but rejects them all.

Not a beauty, her best attribute is gentleness but she covers it slowly as she crosses the gate,
she leaves a sharp trail of selfish regards as her words explain a history of alcohol and childish lunacy.

She talks about politics, history and music, an interesting woman you may say,
her pink lips contrast her white ruffled dress as she looks away,
deep inside she remains a maiden due to her interests on the bank accounts of the unfortunate candidates.

Nefelibata

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¿a quién equivale Marx en música?

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Papá: ¿a quién equivaldría Marx en música?

Hija:  No sé papá, no sé tanto de música ni de marxismo.

NYC

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Nueva York:

“La ciudad que nunca duerme” en realidad se acuesta

a las 8 de la noche.

En la Quinta Avenida me entristecí porque no vi lo que Ginsberg vió,
yo vi los yellow cabs y los rascacielos,
vi a los vagabundos, a los homeless.

Todos los indigentes sabían escribir.
Todos los indigentes pedían lo mismo.

Alcé la mirada para ver la cima del Empire State y no sentí nada.
Sólo frente a los cuadros de Bacon en el Met me estremecí
al fijar la vista en esas bocas entreabiertas.

Renoir volvió a cautivarme:
Miré La señorita y el perico sin saber de quién era,
me quedé viéndo el cuadro largo rato.
Supuse que era de Renoir,
algo en los ojos, en el rostro de la mujer me lo decía.
La ficha informativa me confirmó la sospecha.

Las estaciones del metro ardían, ruidosas
y sucias de un cochambre inenarrable:
los vagones, metálicos, impecables y helados.

Los artistas del metro me sorprendieron,
un joven trompetista tocando jazz,
un grupo de jóvenes y niños cantando a coro magníficamente,
un anciano asiático tocando un instrumento de cuerdas,
en la 51, en la 49, por todas partes.

Un paraguas en medio de las vías del metro:
seguramente se suicidó
a falta de lluvias.

El calor pegajoso me perseguió,
igual que los impuestos.

Hikaru

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Mi gato se muere,
mi gato, en mi cama,
se muere.
Acorrucado, inmóvil,
el gato respira discontinuamente,
le paso una mano por el costado
y bajo la piel y el pelo
las vértebras, las costillas
puntiagudas, son protuberancias
en un camino que solía ser liso y lleno de suave grasa
que amortiguaba la caricia.
El gato se acuesta entre el vómito
y su propia mierda,
el gato,
viejo ya,
se muere, y yo lo miro,
impotente
porque hasta mañana
abrirá la veterinaria,
donde le diré por última vez
su nombre.

El defe…

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  • Las personas del df perciben rápidamente si alguien camina demasiado cerca de ellos: por lo general, si vas detrás de ellos, se hacen a un lado y te dejan pasar.Una reacción muy diferente a la de los tapatíos que en lugar de voltear, siguen adelante y bien podrías dejarlos inconcientes de un golpe o robarles sin que lo noten.
  • Siempre se me olvida que el df está a mayor altitud que el lugar de donde vengo, y esa altitud es la razón por la que hace más frío, el pan no es bueno, y no hay plagas como moscas o cucarachas, ¡pero sí muchas ratas!
  • En todas partes hay posters y letreros sobre eventos culturales.  En el metro, en los postes, en las bardas. Pareciera la ciudad de la cultura.
  • Las estaciones del metro siempre tienen música agradabilísima. Cuando llegué a la estación La Raza tenían música de Mono.
  • Muchas personas jóvenes van a la cineteca. El domingo por la tarde la función de las 4 estaba retacada, y no porque fuera una película de vampiros.
  • El metro sigue vomitando sus 10 millones de usuarios diarios  por sus puertas automáticas.
  • La ciudad de  México está llena de narices gigantes y los rostros redondos.

La noche que salí de cajita de leche

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Seguramente alguien recuerda la cajita de leche del video de Blur Cofee & tv.

El auto en realidad a penas andaba, me daba la impresión de que en esos barrios bajos de la ciudad, a esas horas, podíamos encontrarnos a media calle con algún tipo ebrio que nos embarrara directamente contra algún poste… Sucedió que llegamos a la mentada fiesta después de pasar al convinience store para comprar algunas botanas que disque para comer en la fiesta. Yo compré unos nachos con harto queso amarillo. Los adolescentes que estaban en la tienda nos miraron como si fueramos extraterrestres. La empleada nos miraba como si hubieramos salido de algún manicomio.

Afuera de aquella casa, la música auguraba poca diversión. Entramos por el pasillo que terminaba en un descuidado patio con un gran guayabero al fondo. En medio, unos muchachillos con capuchas de verdugo tocaban alguna canción disque melancólica que no identifiqué.

Todos los muchachitos que ahí estaban, parados, escuchando sin moverse, como zombies, nos miraron. Yo no les ví la cara, pero me dijeron que no podían dejar de vernos y decir: ¡Ah, no mames! ¡A huevo! Creo que estuvimos ahí 2 minutos y volvimos a subirnos al carro. Ni siquiera fueron 15 minutos de fama, fueron sólo segundos. No me molesta.

Horas después, estaríamos congelándonos muchos kilómetros al norte de la ciudad debajo de un puente peatonal esperando que nos recogieran. Hacía frío. Me dieron ganas de llorar.

Al llegar a casa, de puro coraje, daban ganas de poner cumbias arrabaleras, y jugar jenga.