Cities

El asombrado citadino

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El citadino asombrado ya no se detiene frente a las gordas palomas
que invaden los parques y edificios con su mierda,
ya no se detienen ante las jaurías urbanas a la vuelta de la esquina,
pasa por alto el canto de los pájaros confinados
porque sabe cuán artificial es el sonido de las ciudades.

Desacostumbrado al reino Animalia
fuera de ratas, palomas, perros y gatos,
insectos grises y marrones
mímesis de los ríos subterráneos llenos de inmundicia.

El campo lo extasía incluso en las cosas más simples:
sacraliza la cosecha porque está acostumbrado
a la practicidad de la sección de verduras en el súpermercado,
un ritual casi místico entre tierra, plantas, manos pacientes.

Trozos de madera cortada
hacen uno al hombre y al hacha
unidos con un mismo objetivo
actos primigenios,
mitológicos como el fuego.

Armadillos, venados, coyotes,
cigarras, colibríes provocan tal sorpresa
porque el hombre se ha olvidado
de otra fauna que no sea su misma especie.

El avistamiento de un puñado de vacas
excita las profundidades del alma urbana
abundantes fotografías bucólicas
tomadas en la inmediatez de una pantalla
más viva que la realidad misma.

La noche, con sus mayores sorpresas
cae vestida de estrellas,
su desnudez sin pollución
mantiene durante algunos minutos
quijadas abiertas.

¡Pobre hombre citadino,
vive la naturaleza
solo cuando la ciudad lo permite!

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Los viajes que nunca hice

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Viajé contigo a una ciudad antigua y superpoblada

tres días inesperados

catástrofe nacida del estío

asesinada durante el invierno.

Una voz se clava en mi memoria.

 

Viajé contigo a una playa desconocida

en el más austera de los hospedajes,

en la más gozosa aventura.

Vi tu cuerpo dorado lamido por las olas,

en un caluroso susurro.

 

Viajé contigo a una montaña

alta y volcánica, donde me mostraste

a maravillarme de la naturaleza,

fría y sublime.

 

Viajé contigo a un país lejano

donde te miré desde lo alto

recorrer con tu voluntad

una ciudad destruida por la guerra.

 

Viajé al misterio del Sur

solo para sentir un poco de nacionalismo

en las ruinas de la prehispania

y entre los dedos que mueven los telares.

Resguardos desechables

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Subo por Van Ness Avenue jadeando,

los cadáveres de paraguas

con las coyunturas rotas sembrados a cada paso,

en ningún otro lugar del mundo he visto tantos abandonos

de sombrillas inútiles,

esqueletos de metal desnudo bajo la lluvia de febrero.

Los paraguas sometidos a un viento que levanta sus brazos hasta romperlos,

viento ancestral pervertido que sopla hacia el sur

entre los edificios de acero, vidrio y cemento,

una batalla perdida para las sombrillas plásticas

por encima de la clase social, diseño o costos,

el viento es justo en su destrucción cotidiana

durante la tormenta en medio de la sequía.

Calles amarillas

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Desde lejos deviene en Jerusalem. A lo lejos se ven las planicies, un pequeño cuerpo de agua, algunos montes detrás del pueblo amarillo. Calles estrechas, muy estrechas.

En el próspero norte las ciudades metálicas y acristaladas

despiden una frialdad en su altura.

gélidas aves renacidas,

fénix metálicos

antes tremantes y llenos de polución.

La identidad del pueblo amarillo

reside en nopaleras, trigales, planicies,

calles y rincones adornados con fuentes sencillas,

Iglesias, galerías de extranjeros, un puente, un acueducto,

en muros de adobe y zaguanes esplendorosos.

Una tarde de primavera llena de sol, de azul.

Una reliquia restaurada del siglo XVII.

Mojigangas de novio y novia desfilan por las calles en procesión,

la gente aplaude, ríe, felicita a los esposos por las aceras grises,

el ridículo y el alcohol

repartido en pequeños jarros para los convidados.

El viento hombrón se mete en mi vestido,

Gracias, Lorca por una metáfora tan sensual.

El recuerdo comparado de una ciudad destruida por el fuego,

una después de tremar en las Siete Colinas,

otra después de una absurda polución que trajo el fuego a la del Viento.