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Ruleta rusa al revés

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Una mujer joven, menos de 35, guapa, buen empleo,  salario desorbitante, soltera, dice: “El matrimonio es jugar a la ruleta rusa pero al revés, en lugar de una bala y siete espacios vacíos tienes siete balas y una sola oportunidad de tener éxito”, y a mí, sinceramente, me dan ganas de vomitar.

En las últimas semanas he pensando mucho acerca del matrimonio, no porque tal evento catastrófico suceda pronto sino porque a mi alrededor pareciera una constante: Aunque en algún momento de mi existencia la posibilidad de casarme era plausible, en realidad nunca me detuve a pensar con detenimiento en lo que significaba, todo el proceso de análisis empezó probablemente cuando una amiga que fue abandonada por su prometido me dijo que las mujeres mexicanas carecían del desarrollo personal que se obtiene cuando se vive de manera independiente, sin padres, sin marido, sin el novio, sin hijos. Este razonamiento fue una revelación (gracias Gaby) porque es precisamente eso lo que tantas veces pensé y no logré articular de manera coherente.

Es así que la afirmación sobre el matrimonio como ruleta rusa me parece risible, es una exageración ridícula, clásica de una mujer “independiente” del siglo XXI: Esta señorita se dice de una nueva generación de mujeres con aspiraciones diferentes, feliz, que realmente disfruta su soltería, de las actividades que realiza para sí, de su desarrollo profesional, y sin embargo, qué tragedia, se siente acomplejada porque sus amiguitas más íntimas están casadas, tienen hijos, son depenientes económicamente del esposo, carecen de una profesión o carrera profesional (porque el marido les da todo y por lo tanto no tienen necesidad de trabajar). La contradicción está en que todo es una simulación, la mujer tiene libertad  económica pero no mental ni emocional, en el fondo a ella le gustaría casarse, casarse por la iglesia (que sólo admite una oportunidad, one shot, baby!) ¿cómo carajo piensa que tener hijos y casarse es la tola cuando se siente tan bien soltera?

Mientras leía El amor dura tres años de Frédéric Beigbeder entendí hasta cierto punto por qué los treintañeros se preocupan tanto por casarse, por qué ese afán de sentirse viejos cuando aún no han llegado a la madurez, la loca necesidad de reproducirse. Entendí que existe una idea preconcebida de que el matrimonio es el invento más asqueroso de la sociedad, que una vez firmado un papel todo se va al traste y quizás así es, no lo sé.  Nunca he estado casada, pero sí entiendo que el afecto evoluciona, cambia, se modifica y no es sano que el estado de infatuación se mantenga desde el momento que localices tu víctima hasta el momento de la muerte, sería desgastante. Al final, creo yo, se trata de cómo las personas cometen errores estúpidos, pero en todo caso son en plural, no en singular, es por eso que la frase de esta señito me pareció retrógrada. Dan Savage dice en una sesión de preguntas en una universidad de Estados Unidos: “There is no THE ONE, there are The Ones“. Al final la idea de que “sólo hay una sola persona que te hará feliz el resto de tu vida” es una cuestión ideológica que se ha alimentado en las mujeres. Patrañas, como quien dice. Estadísticamente vuelven a casarse más hombres que mujeres, no es fortuito.

No soy católica, eso ya se sabe, el punto no es este sino que una mujer independiente, moderna y feminista sabe que las cosas son mejor que “una sola oportunidad”, no se traga la cantaleta de “hasta que la muerte los separe” ni “es tu cruz” ni “es un pecado divorciarte” ni “no te toques ahí porque es pecado”. Una mujer de verdad liberada no le importa estar sola, no le importa casarse una, dos, tres veces, una mujer liberada no está sientiéndose menos porque a su alrededor hay mujeres casadas y con hijos, una mujer libre es feliz libre, con hijos, sin hijos, con marido, con ex-marido y sin marido. Es decir, tampoco se trata de convertirse en una adolescente pereene como sucede con tantos hombres que actúan de manera irresponsable, no se trata de una inversión de roles donde ella es una promiscua sin compromisos, se necesita más que una independencia económica y sexual, se trata de independecia mental.

Cuando una mujer “moderna” alberga secretas aspiraciones de ser el ama de casa mantenida por el maridito está más jodida que las amas de casa sin educación porque ella a pesar de lo que tiene, de sus logros, de su desarrollo, de su independencia económica, no hace nada, al contrario, añora en secreto formar parte de esa masa, de ese sistema. Entonces, de qué sirve tanta crítica, tanto gimotear si al final eso es lo que más quisieras? Es más honesto expresar interés por ser un parásito o pasar a ser la propiedad del otro, decir que a uno le gusta ser un mantenido para el resto de la existencia, eso es más sincero que hacer tanta bulla por algo que no es coherente con los deseos íntimos de la persona. Al final entonces son estas señoritas las que refuerzan el sistema porque no son realmente libres, se sienten libres, pero no lo son ¿No decía Marx que eso era la ideología? “They don’t know it, but they are doing it” [Ellos no lo saben, pero lo están haciendo].

Creo que es una tristeza, las mujeres ahora deberían de sentirse bien a pesar de la sociedad. Sí, afecta, presiona, pero al final las mujeres deberían de tener bien claro para sí lo que quieren y actuar de acuerdo a ese impulso, ¡carajo, eso se sabe desde el siglo XIX! (Gracias, Ibsen).  Si yo fuera hombre y me encontrara una tipa así, con esa idea de la ruleta rusa al revés, consideraría que no es una buena elección de pareja porque según ella es muy independiente, pero tiene los mismos deseos que cualquier mujer no educada: depender de alguien, tiene deseos de tener hijos y no porque esté convencida de que ha encontrado un buen padre, buenos genes y valores que transmitir, sino porque las amiguitas los tienen, porque su mamá estaría feliz, porque la sociedad así lo dice. El resultado, naturalmente, sería que yo, el hombre en cuestión, saldría huyendo despavorido: Guácala, mujeres retrógradas, no gracias. Prefiero una mujer frívola, o mejor aún, a una mujer sin murallas mentales.

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Otra ni-ni

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“Tengo 18 años y parale de contar no pienso cumplir más.
Libre de haber elegido ser legitimamente yo. Coleccionista incorregible de cosas inservibles. Desordenada. Despistada y cegatona. Viajera en mis ideas la mayor parte del tiempo siendo mi vida apasionadamente desorganizada. Rio más de lo debido al igual de lo que hablo. Escucho lo necesario y no duermo en la misma proporción. Prefiero la noche más que el día. Escapo de los estereotipos y siento que mientras pasan los años, me convierto más en niña. Lo que me resume como inversamente proporcional. Filosofa por convicción y estudiante por resignación.”

Genial ¿no? Una “biografía” esteretípica de alguien que no sabe hacia donde va. Una pseudo ni-ni.

Otra wannabe del erotismo pornográfico. Repito: OTRA.

Supongo que yo también quisiera ya no cumplir más años, precisamente porque hoy me dijeron “señora” y me sentí ofendida, luego pienso en esas viejitas que ya tienen ochenta años y que se enorgullecen de estar así de viejitas, arrugadas, ajadas, con cientos de canas, la piel colgada, pero eso sí, como jamás se casaron insisten en que les reconozcan su estatus de “señoritas”.

Sobre las féminas ficticias

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¡Venga otra vez ese feminismo encolerizado! Leo un escritor latinoamericano, su personaje femenino (el único) es una muchachita ignorante, inculta, pero eso sí, es una despampanante rubia. ¿En la literatura de América Latina sólo hay personajes femeninos así? Es decir, el personaje masculino busca la conquista amorosa de la fémina, él es docto, cultísimo, hace referencias a todo tipo de libros, textos cinematográficos, a la cultura popular, no pasan cinco renglones cuando aparece una cita indirecta, un guiño, sí, mira cuanto he leído, cómo juego con el lenguaje, soy un chingón. Ok. Pero, ¿qué pasa con el personaje femenimo? Por contraste, ella es guapísima, particularmente atractiva físicamente, pero su intelecto deja mucho que desear: Por lo general no es tonta, no, pero sí ignorante, inocente, carente de cualquier aspiración intelectual, artística o cultural. Bella pero bestia. Me encanta ese “pero”. Hermoso. Su inocencia podría confundirse con esa estupidez que abunda tanto en la humanidad, pero no, casi siempre es mero analfabetismo funcional.
Cuando veo ese modelo de “la mujer ignorante y el hombre culto que se ha enamorado de ella” me da la impresión de que el recurso de contraste se emplea con el único fin de engrandecer la figura masculina (como bien lo decía Virginia Woolf), para que el personaje chingón sea todavía más chingón porque está al lado de una vaca echada.
Me pregunto por qué no existe el modelo inverso donde una “mujer culta se enamora de joven ignorante”, o mejor aún, un modelo equitativo donde ambos personajes poseen el mismo desarrollo intelectual y cultural. Que yo recuerde, he leído pocos textos narrativos latinoamericanos donde se establezce tal cosa, algunas excepciones que confirman la regla.
A simple vista pareciera que esa “mujer bella pero inculta-inocente” está en Rayuela de Cortázar y en La princesa del Palacio de Hierro de Sáinz. Pienso entonces en Furia de Rushdie, donde el personaje de Eleanor Masters es intelectualmente igual que Malik Solanka (ambos estudiaron el doctorado en Cambridge), lo mismo sucede con Neela y quizás en menor medida, con Mila Milo. Creo que es más coherente esa interacción emocional entre dos personajes de este tipo que la relación con la mujer “maravillosamente inocente” que no puede terminar sino en la ausencia de ella (ya sea que muera, se vaya o desaparezca), o en una relación patológica. Polanski lo describe perfectamente en Luna amarga, donde la relación entre Oscar y Mimi se deteriora cuando agotan lo único que tienen en común, la actividad sexual. Digo, ¿qué más se puede hacer con una persona que tiene intereses tan diferentes o que carece de ellos?
Sería oportuno considerar que es natural que en un espacio urbano un personaje puede relacionarse o no con uno (a) “de su especie” aunque lo que abunda en la población es “la otra especie”.
Como sea, esa mujer ignorante me repugna, más porque no existe su equivalente, seguramente debido a una moral retrógrada y absurda que prohibe que una mujer adulta corrompa a un jovencito física e intelectualmente. Me causa escozor en la sesera precisamente por las implicaciones ideológicas de que La Mujer aparezca en el texto como una ignorante.

No one around

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Nadie comenta nada…¿será que ahora escribo peor que ayer?

Cosas que molestan…

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Las mujeres que usan pantalones demasiado apretados y pequeños a las que se les ve el inicio de las nalgas, esa impúdica raya que quién sabe si estará bien limpiada.
Los hombres que se dejan desabrochados los botones de la camisa hasta el ombligo, y que por supuesto, no llevan camisa interior.
La cadenita de oro de esos hombres que se enreda en los vellos del pecho.
Las mujeres con zapatos de tacón de aguja que caminan sin doblar las rodillas.
Las faldas de cuero con medias.
La gente que canta en la oficina.
Los puestos de comida que despiden un nauseabundo olor a aceite corriente y rancio.
La música de los Héroes del Silencio y Enrique Bunbury.
El graciosito de la oficina que hace chistes imbéciles.
Que los empleados utilicen a los prestantes de servicio social para hacer cosas que ellos podrían hacer pero que les da hueva porque quieren seguir cotorreando a gusto con sus otros compañeros de oficina.
Las voces aniñadas de las mujeres que se llaman entre sí en las oficinas.