San Francisco

Los minutos de la aurora

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Amanece tras las colinas

el vidrio en el piso 11 se empaña y paso la mano

para ver el exterior,

como lo hacía cuando de niña

escribía en el vidrio empañado del automóvil.

En la calle Polk los negocios mantienen sus perezosos

escaparates sin luz,

algún loco pasa corriendo a un paso constante

reveladora ropa deportiva se agita con su respiración.

Las nubes viajan hacia el norte,

sube un cabletrain al ritmo de una oruga

mientras en paralelo se desborda

una cascada de luces amarillas.

El sol de repente se asoma perezoso

bosteza cubierto de una sábana que se sonroja.

La luz se crea en el cuarto de repente

y encuentro un hombre dormido.

Al girar mi cabeza,

en un lecho que hemos desecho juntos,

encuentro una imagen apacible que prefiero no disturbar.

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Resguardos desechables

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Subo por Van Ness Avenue jadeando,

los cadáveres de paraguas

con las coyunturas rotas sembrados a cada paso,

en ningún otro lugar del mundo he visto tantos abandonos

de sombrillas inútiles,

esqueletos de metal desnudo bajo la lluvia de febrero.

Los paraguas sometidos a un viento que levanta sus brazos hasta romperlos,

viento ancestral pervertido que sopla hacia el sur

entre los edificios de acero, vidrio y cemento,

una batalla perdida para las sombrillas plásticas

por encima de la clase social, diseño o costos,

el viento es justo en su destrucción cotidiana

durante la tormenta en medio de la sequía.

La sirena de San Francisco

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Sirena de asfalto,
canta a mi oído el destino de los delirantes etéreos,
atrapados por la estulticia de las cadencias terrenas,
repelidos por la fortuna,
ensordecidos los trenes de la aurora,
alienados, silenciosos, convalecientes,
orinados y drogados
frente a dos hombres, insignias empañadas.

Cuenta para mí las historias de los locos,
de quienes enumeran las desgracias del comfort,
de los humildes locos,
que a veces, entre las obscenidades,
el viaje alcaloide y los piojos, etrevén
retazos de poesía.

Quienes mecen palabras y miembros
al son de una esperanza adormecida por los excesos,
carnes frenéticas mansas en un ruego monótono sin destino
lamentos en la parte más baja de la ciudad de las Siete Colinas.

Silencio.

Detrás del puente rojo,
sobre lechos de tréboles
las secuoyas olvidan.